Desde hace algún tiempo, y tomando como ejemplo el mundo estadounidense, diversas editoriales patrocinan la edición de títulos que ofrecen a los lectores historias selectivas de buenas prácticas de enseñanza universitaria. De la mano del mismo traductor de Lo que hacen los mejores profesores universitarios, obra firmada por Ken Bain y publicada también por la Universidad de Valencia, posteriormente nos han ofrecido la traducción de una brillante obra del profesor e intelectual Don Finkel que comentamos en este espacio por considerar que su lectura promueve una reflexión fructífera sobre la enseñanza, el aprendizaje y la función docente.

Si el título de este recomendable libro parece paradógico, más atevidas y valientes son aún las cuestiones sobre las que proponereflexionar. Las propuestas que Don Finkel comparte con sus lectores no pretenden reformar la educación directamente o cambiar la manera de pensar de las personas sino más bien inducen a entrar en una “conversación sobre educación”. Todo ello desde su profunda convicción: “la enseñanza puede tener lugar en ausencia de Narración” y analizando de modo crítico el entendimiento de la docencia defendido por el Gran Profesor para quien la enseñanza es contar cosas a los alumnos con mayor o menor apasionamiento y elocuencia. Finkel propone reconsiderar y cuestionarse las prácticas docentes basadas en la palabra como “materia prima” y apuesta – fue profesor en siete universidades distintas- por crear en las Facultades “experiencias de aprendizaje genuino”. Después de mostrar cómo se ha pasado de un entendimiento narrativo de la enseñanza a otro donde lo principal es “fomentar el aprendizaje de otra persona” y promover la participación de los estudiantes en un proceso constructivo en el que puedan cuestionar sus paradigmas, aporta experiencias sobre la creación de entornos estimulantes que han resultado efectivos para que los estudiantes se comprometan con el aprendizaje profundo.

Los silencios formativos de Don Finkel

En el primer capítulo –Dar clase con la boca cerrada– se comentan las preconcepciones acerca de lo que hace –dar clase con la boca abierta– un docente al que, muchas veces, se le ve como un actor. El modelo natural de impartir clase es narrar, precisamente porque el aprendizaje se entiende más como absorción de una información específica y menos como desarrollo de la comprensión de los discentes. Puesto que para Don Finkel la buena docencia está conectada con el aprendizaje relevante de terceras personas, el autor nos señala el objetivo básico de su libro: problematizar nuestras presunciones no sometidas a examen sobre la docencia. En cada capítulo seanaliza un caso concreto o situación de enseñanza en la que se realizan actividades marcadas por una meta básica: la consecución de aprendizajes significativos por parte de los alumnos.

Dejar que hablen los libros –capítulo segundo– resalta que la lectura personal de algunos (buenos) libros –La Iliada de Homero, Edipo Rey de Sófocles, Las guerras del Peloponeso de Tucídides, los diálogos socráticos de Platón, grandes obras de teatro de Shakespeare o Beloved de Toni Morrison– es altamente formativa, puesto que ciertas obras “pueden proporcionar a los estudiantes una educación sin necesidad de que un profesor les explique cuál es su significado” Los docentes pueden también dar la iniciativa a los alumnos.

En el capítulo tercero, Dejar que hablen los estudiantes, relata la experiencia de organizar seminarios de lectura en los que, tras haber leído con detenimiento lo acordado, los discentes discuten sobre un texto sin que un experto les aclare su significado.

En Vamos a indagar juntos –capítulo cuarto– se muestra cómo podría organizarse una materia no tanto en torno a su contenido tradicional como en relación con una cuestión problemática. Esta reorganización curricular modifica los aspectos de la vida en el aula, refuerza la estrategia de enseñar con la boca cerrada y, además, ayuda a los estudiantes a desarrollar variadas competencias con propuestas concretas. El aprendizaje y la escritura están fuertemente relacionados y, por ello, Don Finkel al final del capítulo señala cómo “sólo transformando su pensamiento tenue y emergente en palabras firmes y claras escritas sobre el papel los estudiantes serán capaces deconsiderar lo que piensan conforme lo están pensando”.

Las posibilidades que tieneun profesor de hablar por medio de la escritura manteniendo la boca cerrada se abordan en el capítulo quinto, Hablar con la boca cerrada: el arte de escribir. A modo de ejemplo el autor del libro comenta diferentes formas de “enseñar con la escritura” en una clase organizada en torno a actividades que posibiliten la creación de una comunidad de escritores.

En el capítulo sexto –Experiencias que enseñan: crear esquemas para el aprendizaje– se muestra cómo puede ponerse el razonamiento del profesor a disposición de los estudiantes en los “talleres conceptuales”. En ellos el profesor abandona su posición central trabajando con sus alumnos en pequeños grupos sobre problemas muy concretos –otra manera de dar clase con la boca cerrada– y, “en lugar de mediar entre los estudiantes y el material, pone a los estudiantes en contacto directo con el material, apartándose a un lado para permitir un contacto directo. La clase ahora parece un conjunto de ruedas pequeñas: los estudiantes aún constituyen las llantas, pero ahora el material intelectual está en el eje” .

En el relevante capítulo séptimo –Negarse a “dar clase”: separar poder y autoridad en el aula–, Don Finkel señala la manera en que un enseñante puede convertir la constatación de esta diferencia en un poderoso instrumento educativo al renunciar precisamente a dar a sus discípulos lo que más desean de él. Entre los motivos por los que un profesor se negaría a dar clase (con la boca abierta) Don Finkel apunta tres: la importancia de que, en el contexto de un aprendizaje por descubrimiento, los alumnos dispongan de un foro en el que puedan plantearse sus propias cuestiones; la necesidad de que los estudiantes desarrollen su propia capacidad como grupo sin depender de su autoridad; y la conveniencia de que los discentes aprendan a gobernarse por sí mismos. Dar clase con la boca cerrada significa negarse a hacer una labor que tiene que ser desarrollada por los alumnos y, junto a ello, es un proceder adecuado en sociedadesdemocráticas. Para evitar malentendidos el autor norteamericano precisa que su propuesta “exige encontrar cien maneras distintas de permitir que los estudiantes asuman poder por ellos mismos, de que se responsabilicen de ellos mismos y de su educación. Pero en ningún caso significa abdicar de la autoridad sin la cual uno no puede ser un profesor. Separar poder de autoridad se encuentra entonces en el mismo núcleo de dar clase con la boca cerrada. Es la clave para transferir el poder de las generaciones más viejas a las más jóvenes.

En los momentos actuales en que en muchos países se elaboran o reelaboran planes de estudio de titulaciones de Grado y Postgrado que reorientan la formación inicial, es evidente que la reflexión sobre las ideas-fuerza sobre la enseñanza de Don Finkel pueden resultar muy oportunas. Dar clase con la boca cerrada, en todo caso, es una lectura pertinente, interesante, que hace pensar al docente sobre el sentido de su profesión. Su lectura posiblemente constituya para los que somos docentes un saludable punto de inflexión en nuestra forma de planificar la enseñanza y el aprendizaje de los alumnos. Además, leer este libro es un deleite.

Àngels Domingo Roget

Tras 25 años de experiencia docente y como experta en didáctica, mi trabajo se ha centrado en los procesos de enseñanza-aprendizaje, la innovación educativa y el asesoramiento pedagógico y didáctico. Mi doctorado en aprendizaje experiencial y desarrollo de la reflexividad docente, me llevó a especializarme en formación de docentes reflexivos a través de mis métodos R 5 y R4. La implementación de estos métodos en contextos nacionales e internacionales y la simultánea investigación, me ha permitido enriquecerlos y diversificarlos, hasta llegar a un amplio y experimentado instrumental metodológico.

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